Al leer el manifiesto de Córdoba 90 años después de ser escrito por estudiantes universitarios argentinos, uno se da cuenta de que sus exigencias están aún vigentes en nuestro país, y aunque estemos a casi un siglo del pensamiento, las cosas más sencillas son tan válidas para nosotros, como lo fueron para ellos en 1918.

Veamos el porqué de esa afirmación.  Primero contextualicemos un poco el documento. En 1918 la juventud universitaria de Córdoba vivía grandes desafíos; por un lado la universidad iba a ser reformada sin consentimiento dela comunidad, los decanos eran impuestos, los profesores nombrados o removidos al antojo del rector, y cuando hubo elecciones de rector, todo estaba arreglado para que ganara el candidato conservador, el cual no representaba los intereses de la comunidad. Al ver esto la comunidad reaccionó y no reconoció al nuevo rector impuesto, y se declaró en desobediencia a su mandato. Al ver esto elg obierno tuvo que intervenir, afortunadamente para bien de los estudiantes, atendiendo sus inquietudes y delegando un equipo interventor que se dio cuenta de las condiciones financieras y sociales de la universidad, aconsejando que se tuvieran en cuenta las exigencias de la comunidad. A lo largo de todo ese proceso, los jóvenes universitarios a través de su federación, redacta el documento, pionero en su época.

Un fragmento del documento dice así: “La autoridad, en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: enseñando (…) El chasquido del látigo sólo puede rubricar el silencio de los inconscientes o de los cobardes. La única actitud silenciosa que cabe en un instituto de ciencia es la del que escucha una verdad o la del que experimenta para crearla o comprobarla.” A pesar de que es un poco romántico, y hasta poético (y sin ánimo de quitarle fuerza ni de criticar su redacción), el manifiesto contiene una de las exigencias que la comunidad universitaria de la un, es decir nosotros los estudiantes, profesores y trabajadores hemos exigido desde hace tiempo: la no entrada de la fuerza pública al campus; la exigencia de que la policía, el das, el ejercito, y cualquier otro órgano de represión  estatal tienen que estar fuera de la vida universitaria. La autoridad armada, violenta, represiva no cabe en una universidad, lugar de creación, conocimiento, rebeldía, revolución.

Si hacemos este ejercicio a lo largo de todo el documento podemos encontrar que, casi en su totalidad podemos ver reflejadas nuestras exigencias de estos años, de estos últimos paros, de estas últimas movilizaciones: “La juventud universitaria de Córdoba afirma que jamás hizo cuestión de nombres ni de empleos. Se levantó contra un régimen administrativo, contra un método docente, contra un concepto de autoridad.”

Es triste, es triste mirar 90 años atrás y ver que nuestras exigencias son las mismas, es tal vez un llamado a las organizaciones, a los movimientos, al estudiante del común, al profesor, al trabajador… a todos, para unirnos y trabajar y construir la universidad basándonos en la democracia, esa democracia que nunca se ha asomado en nuestro país, una democracia participativa incluyente, constructiva; construir la universidad que queremos y que le va a servir al país.

Para acabar, creo que lo indicado es invitarlos a hacer el ejercicio de leer el manifiesto de Córdoba, a encontrar similitudes y diferencias, a pensar cómo nos puede servir este documento para la construcción de la Universidad.

“Senos acusa ahora de insurrectos en nombre de un orden que no discutimos, pero que nada tiene que hacer con nosotros. Si ello es así, si en nombre del orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien alto el derecho sagrado a la insurrección. Entonces la única puerta que nos queda abierta es la esperanza, es el destino heroico de la juventud.”

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