Contraposición de los procesos electorales de Colombia y Cuba

Juan Marrero
Cubadebate

En tiempo real, como se dice ahora muchas veces al hablarse de Internet, acontecen dos procesos electorales simultáneos en América Latina: el de Colombia y el de Cuba. El primero, culmina el 14 de marzo con la elección de 268 escaños del Congreso (102 senadores y 166 representantes); el segundo, el 25 de abril, en primera vuelta, para elegir a los delegados a las 169 Asambleas Municipales en todo el territorio insular.

Son dos procesos completamente diferentes y contrapuestos en su ética y en la mayoría de las normas y mecanismos que se utilizan. Pretendo ilustrar con algunas situaciones a fin de que el lector extraiga sus propias conclusiones sobre cuál es más limpio y democrático.

Por lo general, los medios de comunicación en Cuba acuden a las elecciones que hubo antes de 1959 para poner en evidencia las sustanciales diferencias con las actuales, es decir los trece procesos electorales realizados desde 1976. Creo innecesario ese traslado histórico, pues en la realidad actual de muchos países de América Latina están presentes procesos electorales que tienen montones de ingredientes muy similares.

Leía hace unos días en un periódico de Bogotá una información que reseñaba un informe de observadores de siete países sobre el actual proceso electoral colombiano. Decía que habían descubierto que algunos de los candidatos oficialistas al Congreso estaban amenazando a los beneficiarios de subsidios dados por el Estado diciéndoles que o votaban por ellos y por los candidatos del gobierno de Uribe, o a esos subsidios se les iban a poner fin.

Esas coacciones a los votantes son muy típicas de los procesos electorales en el sistema de la democracia representativa. Y eso es un cuasi-delito que se suma a una serie de delitos electorales que nacen desde el mismo momento en que se hacen los registros electorales, uno de los pasos iniciales de cualquier proceso.

La prensa colombiana ha estado informando en las últimas semanas de múltiples irregularidades. Cito algunas de ellas:

*Anuladas la inscripción de 197 mil cédulas electorales en Barranquilla porque aparecieron inscriptas varias veces en diferentes lugares de esa ciudad.

*Comprobación de que algunos electores pagaron hasta 50 000 pesos colombianos por registrarse.

*De las personas designadas para integrar las mesas de votación (llamadas en Colombia jurados de votación), casi dos mil no aparecen en el Archivo Nacional de Identificación, es decir no existen.

*En el Registro Electoral se detectaron 890 personas que tienen más de 110 años de edad. Se cree que la mayoría han fallecido.

*En Cúcuta, cerca de la frontera con Venezuela, se detectó que se utilizó tinta azul, en lugar de negro como está establecido, para tomar las huellas de electores inscriptos, y que la mayoría eran de las mismas personas que estaban encargadas del registro.

Es solo un botón de muestra. Coacciones, corrupción, fraudes…caracterizan lo que ocurre en Colombia. Sin que entremos en las maniobras que hacen los partidos políticos, que seleccionan y postulan a los candidatos, sin tomar en consideración muchas veces ni siquiera los criterios mayoritarios de los afiliados. Ni en la sucia y ruidosa propaganda. Ni en los gastos en que se incurre. Ni en lo que siempre pasa el día de las elecciones: desde la compra de votos hasta el robo de urnas.

¿Cuán diferente es lo que pasa en Cuba? Desde el registro electoral, que es de oficio, donde nadie que esté en edad electoral y reúna los requisitos establecidos por la Ley Electoral debe ausentarse del trabajo o de un centro de estudio para ir a ninguna oficina a inscribirse hasta la nominación de candidatos, que no se hace por ningún partido político, sino en las asambleas de cada circunscripción donde el pueblo propone y nomina a los de mayores méritos y capacidad. Desde la selección de los miles de integrantes de las comisiones electorales, de candidatura y los de las mesas electorales, a los que se exige una ética de profesionalidad, disciplina, exigencia, imparcialidad, justeza y veracidad, hasta el cuidado para que los candidatos reciban el mismo tratamiento y consideración en sus relaciones con autoridades electorales, electores, organismos e instituciones estatales, medios de difusión masiva y con la población en general.

En los procesos electorales de Cuba los méritos, el prestigio, la capacidad y los valores personales de cada candidato son los elementos a tomar en cuenta por los electores para emitir su voto. Se prohíben las campañas de propaganda individuales, así como las promesas, la demagogia, el favoritismo, la politiquería y cualquier acción encaminada a inclinar la decisión de los electores a favor o en contra de algún candidato.

Ser nominado candidato o electo delegado a una Asamblea Municipal del Poder no significa ni abandono de su actividad laboral como obrero de una fábrica, campesino de una cooperativa, médico de un hospital o maestro de una escuela, ni incremento salarial, ni privilegio alguno. Se trata de una responsabilidad más que asume voluntariamente un ciudadano para servir a la patria y a la revolución, a sus intereses.

Ni el dinero ni los privilegios ni las ambiciones políticas mueven las elecciones en Cuba. Lo que hace que se desarrollen exitosamente -ya así ha sido a lo largo de trece procesos-son sus principios éticos. Son los que llevan a que los días convocados para la votación, aunque el voto no es obligatorio, más de 8 millones de cubanos, de modo entusiasta, acudan a los colegios y depositen su boleta. Vale aclarar que con ello no decimos que tenemos un sistema electoral perfecto ni que otros países deben tomarlo como modelo. Puede aún ser mejor y trabajamos para que sea mejor, y que ayude a una mayor participación del pueblo en la selección y elección de sus gobernantes.

La contraposición sobre los actuales procesos en Colombia y Cuba puede ayudar al lector a determinar cuál es más limpio y democrático.

Como regla, para los grandes medios de comunicación controlados por los poderosos, el de Colombia es democrático y el de Cuba, antidemocrático. De la transparencia de uno y otro, no se aventuran a hablar de ello.

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