Por Omar Herrera Ariza.

El clima de atonía moral en que vive la sociedad colombiana, alimentado desde las esferas dirigentes mediante la institucionalización del “todo vale”, “el todo se compra”, lleva a aceptar como “normal” el que prestantes miembros de la bancada uribista pretendan modificación legislativa en su propio beneficio (aumentar el valor de sus pensiones), justo en el momento en que el propio gobierno anuncia la crisis del sistema de salud y cuando millones de colombianos se hunden en la desesperanza y el desempleo. Es el mismo clima que enmarca la indiferencia con la que los colombianos recibimos las diarias noticias sobre oscuras financiaciones en campañas políticas y el reciclaje de los parapolíticos quienes, con el simple expediente de cambiar de nombre a sus maquinarias electorales, procuran la elección de parientes y testaferros que les permita, en el próximo congreso, continuar con el usufructo del poder.

Más allá de la incapacidad ciudadana para oponerse a tales procederes, las maniobras sirven para evidenciar el clímax de un proceso cuya iniciación no puede imputarse a los actuales gobernantes pero que con ellos ha logrado su aparente consolidación. Se trata de la sustitución de valores y de principios, auténtico cambio de paradigma, en virtud del cual en materia de manejo de los asuntos públicos se pasa de la figura y la acción del político por vocación a la del político de profesión. Es el tránsito de liderazgos caracterizados por la responsabilidad ética en los que el dirigente, incluso viviendo para la política, se desempeñaba como un servidor de intereses colectivos, sin pretensiones de construir riquezas ni de hacer ostentación alguna, al de empresarios de la política inmersos en la lógica del capitalismo rapaz y por tanto supeditados a los ideales de la ostentación y la superficialidad que, casi necesariamente, los conduce a la búsqueda incesante de riqueza –no importen los medios- para poder comprar, comprar y comprar, único verbo en cuya conjugación creen encontrar el sentido de sus vidas.

Es mucho más que un simple fenómeno de corrupción. Creo advertir el advenimiento de efectos colaterales tanto de un modelo de desarrollo que hace de la acumulación y el consumo las máximas metas sociales, como de una de sus expresiones: la cultura del narcotráfico, con toda su secuela de deletéreas visiones del trabajo, el esfuerzo, la solidaridad y de lo que debe ser una vida digna. En efecto, grande es el cambio que se observa al contrastar los principios sobre los que se edificaron las sociedades surgidas de la revoluciones de los siglos XVIII y XX, centrados en la búsqueda de la liberación humana de las coyundas de la tiranía, la superstición, la ignorancia y la explotación, que hicieron del trabajo el valor supremo, el único con capacidad para darle un sentido a la vida, con estos otros de quienes decidieron vivir de la política para hacer del poder un instrumento al servicio de sus propios intereses.

Aquellos que sin sentirse convocados al servicio público eligen la profesión de políticos son los mismos que no vacilan en vender su alma al diablo, vía compromiso lo mismo con el paramilitarismo que con los grandes poderes económicos, y que tampoco experimentan dudas cuando de apropiarse de los dineros públicos se trata con tal de garantizar su permanencia en el poder para continuar marcando la diferencia con quienes (inútiles!), no logran riquezas que permitan la plena felicidad del comprar y comprar.

Abandonados los ideales, los valores, el sentido de responsabilidad con lo colectivo, estos especímenes de “políticos” se constituyen en élites, cada vez más corruptas, que construyen, mucho menos que partidos políticos, empresas electorales para capturar al Estado y ponerlo al servicio de su inagotable codicia. Un círculo vicioso marca todo el accionar: se coluden con contratistas, con los actores armados y con los dueños del gran capital; extorsionan a su propia clientela, meten mano en las arcas públicas, todo para obtener los dineros que garanticen reelecciones indefinidas y el usufructo del poder que, a su vez, les permita hacer y modificar a su amaño las leyes y las reglas del juego con el objetivo de lograr la acumulación de riqueza que permita la reiniciación del ciclo perverso.

Para la consolidación de esta nueva “moral” han concurrido distintas circunstancias: desde el fracaso de las utopías con las que se inició el siglo XX, pasando por las crisis económicas y sus secuelas de desempleo y desesperanza, hasta la actitud complaciente de quienes desde las mas altas dignidades del poder han incurrido, ellos mismos, en desdorosos comportamientos (yidis-teodolindos-notarías, “voten antes de que los metan a la cárcel”, vaciamiento de la Constitución para posibilitar la reelección, etc.).

El efecto de esta “moral” sobre la vida nacional es fácilmente predecible: deslegitimación de los procesos electorales y, con ellos, de la precaria democracia; consagración de la cultura del atajo y de la avilantez; instauración de la ley del más audaz en detrimento de los derechos de los gobernados, de las garantías ciudadanas, de las libertades públicas y, en fin, de los presupuestos básicos para una vida decente.

Se impone una urgente rectificación en los comportamientos y actitudes colectivas; ante todo abandonando el marasmo en que nos sumió el estéril debate sobre las “encrucijadas del alma”, para, en su lugar provocar el nacimiento de una generación de patriotas decididos a reinventar la política, a hacer de ésta el noble ejercicio del debate ideológico alimentado con las luces de la razón y orientado a la construcción de consensos que hagan posible la materialización del ideal de la paz duradera, el desarrollo humano y el respeto a los derechos fundamentales. Esa cruzada nos compete a todos, pero con mayor responsabilidad a maestros y académicos, a los dirigentes políticos honestos que no han sucumbido a la tentación del dinero ni a la codicia del poder por el poder.

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