Separata de balance de los 8 años de Uribe Vélez. En VOZ 2152, edición del 4 al 10 de agosto de 2010

¡Cesó la horrible noche!

*Carlos A. Lozano Guillén

El Tiempo del domingo 25 de julio del presente año, publicó una separata de 24 páginas, financiada por grandes empresas industriales y financieras, así como por Acción Social que administra el dinero de los desplazados, que ocuparon con la pauta publicitaria 9 páginas, dedicada a “Uribe 8 años que cambiaron al país”, cuyo contenido quiere convencer a los lectores que las dos administraciones fueron un dechado de virtudes y de importantes logros para el país. El viejo cuento de Alicia en el país de las maravillas. En dos páginas del pesado ladrillo, aparece la entrevista del presidente Álvaro Uribe Vélez, quien con habilidad mediática, pretende conmover al lector con el cuento de que lloró varias veces, aunque no derramó ni una sola lágrima por los jóvenes asesinados por los militares para ser presentados como guerrilleros caídos en combate (llamados “falsos positivos”) o por los miles de sindicalistas y opositores asesinados en la guerra sucia o por los desaparecidos o por las fosas de La Macarena o menos aún por las víctimas de la injusticia social, del hambre y la miseria, del “paseo de la muerte” y otras aberraciones que no cuentan a la hora de los balances.

Para El Tiempo, “pese a algunos errores y escándalos”, los dos gobiernos de Uribe Vélez le devolvieron al país la seguridad y la confianza inversionista para provecho de la industria y del capital. El columnista del mismo diario, Mauricio Vargas, había dicho antes que no importan las “equivocaciones” porque lo más significativo son los logros en la guerra contra las FARC y la confianza que retornó a los colombianos. Lo demás no importa. Es la hipocresía de la ultraderecha. La demostración de que la ética burguesa no tiene valores ni principios, tampoco importan los medios para lograr un fin. Todo vale a la hora de la verdad, así haya que torcerle el pescuezo a la Constitución y a ley.

La ilegalidad de la reelección

Los sesudos análisis uribistas, que colman de elogios a uno de los gobiernos más corruptos en la historia de Colombia, ignoran con el mayor cinismo que la segunda administración de Álvaro Uribe Vélez tuvo un origen dañado y punible, por cuanto la aprobación en el Senado y la Cámara de Representantes del acto legislativo que consagró la reelección, fue mediante el delito de cohecho, porque los funcionarios del alto gobierno compraron el voto de congresistas, dos de ellos, Yidis Medina y Teodolindo Avendaño en la cárcel y purgando la pena que les impuso la Corte Suprema de Justicia. O que la intentona de la segunda reelección a través de la ley que convocó el referendo, declarada inexequible por la Corte Constitucional, también se hizo de manera ilegal y los promotores del mismo están judicializados y respondiendo penalmente por el fraude al Congreso y a la sociedad. A nada de lo anterior fue ajeno el señor Uribe Vélez.

Los 8 años de la administración Uribe Vélez transcurrieron de escándalo en escándalo. Desde la “parapolítica”, pasando por los negociados de los hijos del ejecutivo, el robo de Agro Ingreso Seguro, hasta los asesinatos y crímenes de jóvenes humildes, asesinados por los militares y presentados como guerrilleros para mostrar “positivos” en la lucha contrainsurgente. Sin soslayar, la actividad criminal del DAS, organismo secreto que depende de la presidencia de la república, que intimidó, amenazó, espió y adelantó campañas de desprestigio de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia que investigan la “parapolítica”, de periodistas críticos del régimen y de importantes personalidades de la oposición. Todo ello en nombre de la “seguridad democrática” y de la necesidad de aplastar a la guerrilla.

El uribismo, que encabezó un Estado mafioso en donde todo vale en el “arte de gobernar”, es una corriente de la ultraderecha liberal y conservadora, apoyada en las relaciones de dependencia y sometimiento al imperialismo de Estados Unidos, en especial el Pentágono y los complejos militar-industrial y las corrientes militaristas que se lucran de la guerra interna en Colombia. Configuró un régimen de los sectores más descompuestos de la clase dominante, la lumpen burguesía, para favorecer al gran capital, en particular al sector financiero y a las transnacionales con el argumento falaz de que la confianza inversionista genera crecimiento económico, mejor nivel de vida y empleo. El Gobierno de la “seguridad democrática” basó su fundamento en la guerra, la persecución a los opositores y la degradación de las formas coercitivas del poder. Es el régimen que pretende prolongarse en la primera administración de Juan Manuel Santos, quien se reclama heredero de Uribe Vélez y de la “seguridad democrática”, aunque con desespero trata de diferenciarse en el estilo y en un ejercicio político más “decente”.

Fracaso del proyecto uribista

El proyecto uribista, en esencia clientelista y violento, llamado en un comienzo Estado comunitario, aunque luego diluido en la concepción beligerante de la “seguridad democrática”, fracasó y no de cualquier manera. Su razón de ser que fue la de aplastar a la insurgencia no la logró y, al contrario, después de duros golpes militares y mediáticos, de vender la historia de que la seguridad significa que en las carreteras colombianas no se presenten retenes de la guerrilla o ataques masivos a poblaciones y guarniciones militares, lo que se registra es la recomposición de la fuerza insurgente, el significado de su resistencia y la realidad que significa su propia existencia, porque ni fue derrotada en noventa días y menos se puede avalar la prédica de los generales del fin del fin, durante los últimos ocho años. El paramilitarismo “sobrevivió” a la desmovilización de Ralito y aún continúa actuando con felonía de la mano de militares y caciques políticos regionales. Alguien decía en estos días que “detrás de cada crimen político hay un militar y un político local”.

La damnificada con esta política guerrerista que arrastra los principales recursos del Estado es la atención social, porque la salud, la vivienda y la educación, pilares de una auténtica democracia social, presentan resultados negativos y están convertidos en lucrativos negocios de la empresa privada y del sistema financiero Durante los largos años de esta horrible noche los voceros gubernamentales se solazaron con arrogancia del supuesto crecimiento económico, pero las medidas plutocráticas le garantizaron las utilidades a los ricos, mientras aumentó la pobreza, la desigualdad social y el desempleo.

Mayor degradación

El conflicto interno está más degradado que antes. El cuadro de los derechos humanos es desolador y lo aseguran las Naciones Unidas y otros organismos internacionales. El país está más desbaratado y en pleno choque entre los distintos poderes públicos, que han querido ser cooptados y sometidos por el Ejecutivo. Ciento siete ex congresistas y 500 políticos de la amplia gama de los partidos y corrientes uribistas, están vinculados a la “parapolítica”, punto principal de contradicción entre el presidente y el poder judicial, porque el primero ha salido a defender a sus amigos con el arma de la calumnia y la infamia contra magistrados y jueces.

Uribe Vélez negó la posibilidad de las salidas humanitarias y políticas del conflicto. El país se desgastó más en la guerra interna. Y de pasó socavó las relaciones internacionales con los vecinos, porque se convirtió en el principal soporte para la intervención yanqui en América Latina. Siete bases militares gringas en territorio colombiano son una amenaza para la paz en la región. Si algo sale a flote en la melancólica despedida de Uribe Vélez es el fracaso de la salida militar. El marco del conflicto cambió en los últimos ocho años aunque con enorme deuda social, pero el origen continúa siendo el mismo; su naturaleza es política, social, económica e histórica. Es lo que no pueden ignorar ni tirios, ni troyanos, menos aún, los herederos del uribismo fracasado.

carloslozanogui@etb.net.co

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