Manuel M. Navarrete – Kaos en la Red

En su ingenuidad, uno podría preguntarse: ¿cómo fue posible que China completara su paulatina transición al capitalismo contando con la complicidad de los partidos comunistas mayoritarios de todo el mundo? ¿Cómo fue, además, posible que todos estos partidos repitieran (e incluso repitan ahora) ad nauseam que las medidas aplicadas desde la presidencia de Deng Xiaoping hasta el actual mandato de Hu Jintao no han sido más que una especie de NEP transitoria? ¿Cómo se podía hacer la vista gorda mientras la propiedad privada capitalista se hacía con las riendas de un aparato estatal que rige el destino de 1300 millones de seres humanos (sin necesidad, naturalmente, de suprimir la foto de Mao que impera en la Plaza de Tian’anmen, la bandera roja y la C del PCCh)?

Sin embargo, lo que a priori podría parecer un misterio digno del ínclito Iker Jiménez se despeja y se aclara si se analiza a la luz de la actitud de la mayoría de nuestra militancia ante, por ejemplo, los procesos que se viven en Latinoamérica. Porque nuestra actualidad, como todas las actualidades, exige un análisis complejo. En Cuba, nuestro referente más preciado, se suceden noticias, cuanto menos, preocupantes al respecto de las reformas del ejecutivo de Raúl Castro. En Bolivia, estos mismos días, los propios votantes de Evo Morales se han echado a las calles de El Alto o La Paz para protestar por el alza del precio de la gasolina decretado por el presidente indígena.

Ante situaciones así, nuestra gente viene tomando posturas maniqueas que dejan patente una inmadurez política que, tarde o temprano, saldrá a flote y nos dará problemas. Unos llaman a tumbar al gobierno de Evo Morales, demostrando una radical incomprensión de los procesos populares y de integración que se están viviendo en América Latina hoy en día; procesos que indudablemente están generando una esperanzadora acumulación de fuerzas que sólo la más extrema miopía política podría despreciar. Otros, en la orilla contraria (aunque tal vez sólo en apariencia), acusan a las movilizaciones de estar haciéndole el juego al enemigo y beneficiando a la derecha fascista; ignoran, de ese modo, el papel que ha tenido la movilización social en países como Venezuela o Bolivia, empujando a sus respectivos gobiernos a llegar adonde no habrían llegado sin esa presión (sin ir más lejos, Evo Morales acaba de anular el decreto 748).

Por supuesto, estas actitudes no son sino otra expresión más de un cáncer tradicional de la izquierda: el maniqueísmo, fase superior del dogmatismo. El mismo maniqueísmo que acusó a los obreros de Kronstadt de “blancos” o al POUM de “fascista”, no siendo capaz de reconocer, más sencillamente, que, aun compartiendo objetivos estratégicos con ambas rebeliones, la actitud que se estaba tomando se consideraba tácticamente errónea o suicida (lo cual no transformaba automáticamente a los rebeldes en Judas vendidos al enemigo, ni autorizaba a nadie a emplear el método de la calumnia política). Recientemente, quizá por aquello de conservar nuestras tradiciones, volvimos a tropezar con la misma piedra, cuando el PSUV de Chávez lanzó acusaciones espurias e infundadas contra el PCV.

Para mucha de nuestra gente un gobierno revolucionario (la URSS, China, Cuba) o popular (Salvador Allende, Hugo Chávez, Evo Morales) será o bien un paraíso incriticable o bien un averno demoníaco, dependiendo, claro está, de la línea oficial del partido político de cada cual. Es muy difícil encontrar a alguien que conserve una actitud sensata, despierta y crítica. Y ni Cruise podría ejecutar la imposible misión de encontrar alguna organización que no haya caído sistemáticamente en este error tan dañino, quizá con honrosas excepciones como el MIR chileno, que supo entender en qué consiste mantener un apoyo crítico a un gobierno popular, huyendo tanto del izquierdismo infantil como del reformismo senil. De hecho, a día de hoy, aún no se ha producido un debate que plantee seriamente las luces y sombras de la experiencia socialista en el siglo XX, separando la paja del grano. Tampoco las distintas posiciones tomadas por los teóricos de la izquierda ante los cambios en Cuba están siendo excesivamente lúcidas.

Por eso considero que las circunstancias imponen llegar a la siguiente conclusión: si toda crítica al dirigente de nuestro partido, de nuestro sindicato o del país con cuyo gobierno simpatizamos es “hacerle el juego al enemigo”, ningún proceso revolucionario llegará a buen puerto, sencillamente porque será incapaz de subsanar sus propios errores; sencillamente porque, en este mundo, siempre surgirá alguien que desee aprovecharse y que se corrompa. Y, ante eso, la izquierda sólo puede vencer recuperando lo que voy a denominar su “ateísmo”, pero no un ateísmo retórico, sino un ateísmo radical, esencial, estructural. Ser ateo no consiste en sustituir a un dios por otro, sino en renunciar a la necesidad de inventar dioses; y es requisito sine qua non para conservar una actitud crítica. Nuestro socialismo no debe ser una fe; sus textos no deben ser una Biblia; para él no debe haber nadie intocable (ni Marx, ni Lenin, ni Mao… pero mucho menos sus “representantes” y exégetas actuales). Marx dijo en una entrevista que lo que más detestaba era el servilismo. También habló, en su carta a Ruge, de la necesidad de una “crítica despiadada de todo lo existente” (como la que de hecho ejecutó en su Crítica del Programa de Gotha, glosando sin piedad los errores del partido marxista alemán). Para vencer, a la izquierda le conviene recuperar esta actitud que tan bien inmortalizara Marx, pero (siento insistir) no porque la inmortalizara Marx, sino porque a la izquierda le conviene para vencer.

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