Txema Salas
Kaos en la Red

La omnipresencia de los medios y técnicas de información se desvela con mayor fuerza al calor de las revueltas en el Magreb y en oriente medio. Ríos de tinta, virtual y real, amenazan con desbordarnos y llevarnos al papel de espectadores acríticos. Las interesadas informaciones de la prensa burguesa tienen ese objetivo.

En las izquierdas tenemos algunas actitudes que podrían calificarse de paulianas. Cuando observamos a las clases populares de un país levantarse y luchar contra sus dirigentes, inmediatamente se despierta nuestra solidaridad más aventurera y, en muchos casos, ignorante.

Así ha sido desde los comienzos del socialismo científico. Pero de un tiempo a esta parte, esta tendencia compite con otra, más novedosa, pero no necesariamente más correcta. Ciertas corrientes de pensamiento, cuyas raíces están hundidas en la extrema derecha, han encontrado un suelo fértil en el socialismo nostálgico, conservador y autoritario. Estas corrientes, englobadas en el fenómeno comúnmente denominado conspiranoia, tienen su génesis en la historia moderna en la redacción, por parte de la policía secreta zarista, de los famosos protocolos de los sabios de Sión. Cualquiera a quien interese la historia sabrá que los réditos de esta falsificación fueron para la reacción europea y algo más tarde para el fascismo y el bonapartismo antisemitas.

Sorprende que haya posiciones que defiendan régimenes antiobreros en base a un supuesto antiimperialismo retórico. Antiimperialismo que, por un lado, debido a la fuerza real de esos países ( Libia, Irán… ) es inevitable y por otro lado está lleno de palabras, pero vacío de contenidos. Pero aún sorprende más la omnipotencia que le concedemos al enemigo. Su fuerza reside en el miedo que es capaz de generar. Sabiendo ésto, quizá no deberíamos mitificar la influencia de la CIA, el Mossad, el MI 5… Me explico.

Si analizamos los procesos que sacuden Egipto, Libia, Yemen… nos encontraremos, al menos, tres fuerzas que pelean entre ellas dentro del propio pueblo alzado.

Por un lado, el que nos concierne más a nosotras, las legítimas reivindicaciones de unos pueblos oprimidos económica, social, cultural y políticamente. Pueblos que demuestan día a día que tienen un mundo que ganar y sólo cadenas que perder. Pueblos que exijen justicia social, libertad y los valores nacidos en las revoluciones francesa y rusa. Pero pueblos que carecen de organizaciones, dirigentes y programas marxistas de cierto peso. Y, mucho me temo que, lastrados por esos déficits, se precipiten por el acantilado que planean las otras dos fuerzas presentes en las revueltas. Aquí es donde se observan claramente, tanto la necesidad que tiene el pueblo de organizarse, como las limitaciones del espontaneísmo.

La segunda de las fuerzas presentes en estos procesos tiene un carácter teocrático y feudalista. Hablo, claro está, de los movimientos fundamentalistas islámicos. Su fuerza real, no es tan grande como los mass-media pretenden hacernos creer, aunque sí es mayor que la de “los nuestros”. Pero una de sus contradicciones fundamentales les obliga a circular con el freno pisado. El dinero que manejan dichos movimientos proviene mayoritariamente de gobiernos fundamentalistas, lo que no impide que, a su vez, sean títeres de occidente. Arabia Saudí o Marruecos tratan de gestionar la dicotomía que se les plantea al financiar unos movimientos que, a medida que crecen en poder, van amenazando su supervivencia. Por otro lado, las potencias imperialistas han utilizado y utilizan a las fuerzas teocráticas en la criminal defensa de los privilegios que el capitalismo les otorga. Al-Fatah, Al-Queda y los talibanes paquistaníes son irrebatibles ejemplos.

Y la tercera pata del taburete sí que incluye a los “malos” de siempre. Cierto es que para Langley ( donde la CIA tiene su sede, n. del a.) resultan incómodos los gobiernos de Teherán o Trípoli. Pero también es cierto que eso no impide que los EEUU o Europa obtengan grandes beneficios comerciando con esos “antiimperialistas régimenes”. Tampoco parecen nada convenientes para los intereses del sistema las caídas de Mubarak o las familias reales de Marruecos y Bahrein, valiosos aliados de Israel y occidente.

Así que, como otro autor reclamaba, no simplifiquemos ni mistifiquemos todos estos procesos, que requieren de análisis profundos y pausados.

“Estimo a quien de un revés
echa por tierra a un tirano:
lo estimo, si es un cubano;
lo estimo, si aragonés.”

José Martí

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